ENTREVISTA DJ SUPERSEÑORITA
Cineasta de día y DJ de noche, tan fina como su nombre
¿Superseñorita es una DJ de…?
Superseñorita es una DJ de punto suspensivo: dejo que la gente complete la frase según lo que viva en la pista. Mi gusto es profundamente ecléctico, me muevo desde el disco al techno oscuro, pasando por territorios sonoros que no tienen etiqueta porque, sinceramente, me niego a ponérsela. Y sobre mis sesiones, trato de entrar en el genius loci donde el espacio inspira. Pincho a veces como quien conversa con el espacio, con la energía. En otros momentos puedo entrar modo trabajo profundo donde estoy semanas y semanas preparando lo que voy a poner o dejarme llevar por el momento.
¿Por qué te hiciste DJ?
Porque la música para mí es tan importante como respirar. Descubrí que hay dos tipos de personas: quienes esperan a que suene su canción favorita… y quienes se dejan sorprender por un sonido nuevo y sienten la necesidad de compartirlo. Yo elegí lo segundo. Además, dirigir películas no te permite sentir la energía a lo que yo llamo circuito circular: tú das, la pista te devuelve algo inmediato, y esa retroalimentación es poderosa. En cabina la comunicación siempre es visceral y sincera.
¿De dónde viene tu nombre artístico?
Mi primer bolo estaba a la vuelta de la esquina y yo no tenía ni la menor idea de cómo llamarme como DJ. Una noche salí con un amigo —creativo de agencia en Madrid, de esos que bautizan hasta a las servilletas— y le conté mi drama existencial: “No sé qué nombre ponerme, y como además soy superseñorita para todo, elegirlo me va a costar la vida”. Él me miró, levantó la copa y dijo: “Ese. Ese es el nombre: Superseñorita”. Y así fue: una mezcla de ironía, timing y sinceridad involuntaria.
Si te dijeran: “pon lo que quieras y lo que te gusta” en cualquier sesión, ¿qué pincharías?
Creo que sería incapaz de pinchar música que no me gusta o que no conecta conmigo. Podría ser una mezcla: dark disco, techno oscuro y alguna joya olvidada que suena a que te despiertas en un club de Berlín sin recordar cómo llegaste ahí. Y si el público tuviera el oído más abierto —esa rara especie en vías de extinción— entonces sí, me permitiría el lujo de pinchar puro IDM, sin anestesia.
¿Tienes algún placer culpable musical: algo inconfesable o que no encaje con tu estilo de pinchar?
Sin culpa mucho mejor siempre. ¿Inconfesable? Tampoco, porque te lo voy a decir: la música concreta. Sí, esa misma que suena a laboratorio sonoro, a grabaciones imposibles y a objetos que nadie pidió que fueran instrumentos. No encaja en mis sesiones, pero en mi cerebro tiene un lugar reservado.
¿Qué artista o canción nunca faltan en tus sesiones?
Difícil de contestar porque voy cambiando y no tengo a ningún artista que nunca falte en mis sesiones.
¿Cuál es la petición más absurda que te han hecho?
He tenido desde gente que no sabe pinchar intentando “pinchar conmigo”, hasta la última anécdota que recuerdo: estaba poniendo electrónica pura en un bar de Canarias cuando se me acercó una chica muy convencida de que “eso” no era música “para bailar”. Volvía una y otra vez, cada vez más enfadada, exigiendo que cambiara la música. Yo, con toda la paciencia y educación del Archipiélago, le expliqué que no teníamos un banco infinito de canciones ni un Spotify escondido bajo la mesa. Entonces le pregunté qué era, para ella, “música para bailar”. Su respuesta: Enrique Iglesias. En ese momento comprendí que no comprendió nada.
¿Y la situación más loca vivida en una cabina?
¡Uy, muchas! El surrealismo nocturno no tiene fin.
¿Tienes algún tic o ritual raro al pinchar?
Algunas veces antes de subir a cabina hago un pequeño ritual: respiro hondo y me pregunto por qué demonios sigo haciendo esto… justo antes de recordar que me encanta. Y luego están mis amuletos: llevo una bolsita de cuero que me regaló una amiga, traída de Estados Unidos y hecha por nativos americanos, con la grabación de un cometa. Es para proteger lo que lleves dentro, así que la uso para custodiar mis pendrives, que además tengo customizados con cerámica hecha por mí. A mis pendrives les llamo pócimas. Y por último con mucho menos glamour, mi gesto clásico: la papada involuntaria. No me entusiasma, pero es mía, y ya es parte del ritual tanto como lo demás.
El genio de los deseos: ¿dónde te gustaría pinchar?
He tenido la suerte de cumplir algunos sueños ya, así que lo tengo claro: al aire libre, hasta el amanecer y rodeada de mi grupo de amigos favorito. No me habría importado pinchar en algún Burning Man de sus inicios, por pura curiosidad antropológica y por vivir aquella energía primigenia antes de convertirse en lo que es hoy. Y esta pregunta me ha servido para recordar lo esencial: no necesito templos del techno ni line-ups imposibles… solo un cielo abierto, sonido impecable, y mi gente. Lo verdaderamente importante está ahí.
¿Cuál es la mayor locura que cometiste por culpa de la música?
¿Quizás crear a Superseñorita?
¿Cuales son tus pasiones ocultas, lo que te hace feliz cuando no pinchas?
El cine —dirigirlo, verlo, diseccionarlo—, los visuales, los museos, los lugares extraños, el surrealismo cotidiano, una buena conversación, pintar, un buen libro, mis gatas… y tirarme a la bartola de vez en cuando, que también es un arte y debería estar mejor valorado.
La mayoría de los DJ no podemos vivir de la música… ¿qué te da de comer?
Durante una larga época lo hizo, pero siempre fue el cine, la dirección, la producción, la edición, la docencia, los proyectos culturales y, ocasionalmente, la capacidad de hacer diez cosas a la vez sin derramar el té. Y si nada más funciona, tranquila: Superseñorita se encarga.


